lunes, 23 de noviembre de 2009

JORGE GALINDO.La Pintura y la Furia.



La interesante obra pictórica de Jorge Galindo se expone hasta Enero en el MUSAC.
Las grandes salas de este museo aparecen completamente plagadas de la mayor parte de las obras que el autor ha realizado en los últimos años, en las que la furia del hecho creativo será evidente a través de un montaje que va a querer reproducir lo más filemente posible el estudio del artista.
Tres grandes series de dibujos monocromáticos abren la exposición. Cada serie contiene cien dibujos de gran formato en los que se conjugan todas las herramientas creativas de Galindo en relación al papel Se trata de una serie roja, una serie negra y otra serie verde. La disposición de estos grandes papeles alineados formando un gran muro nos dificulta la lectura individual de los dibujos, que en sí forman tres verdaderos cosmos de recursos pictóricos y alusiones a la obra de los más de veinte años de la carrera de este pintor. Todo aparece alineado, pero amontonado al mismo tiempo. Desde el amor a las tipografías, el uso del collage, los motivos decorativos del mundo moderno, los guiños a la historia del arte, la rabia del gesto creativo,… un gran laboratorio generador de imágenes que se engrandecen al estar apoyadas unas sobre otras.

Al fondo de la sala principal, los dibujos de nuevo apilados y formando un muro, aparece la serie Jägermeister, en la que el motivo principal de esta marca alemana de licor es atravesado por diferentes formas pictóricas en una constante construcción y deconstrucción de su imagen. Es evidente el guiño a la seriación, tan utilizada por Warhol y en general el pop art, que en este caso se hace desde la propia pintura directa, un trazo que varía en cada uno de los lienzos y que al final da un resultado más sincero y humano de esta mirada obsesiva hacia algo. La pintura es la protagonista, y no su reproducción técnica o los malabares que deshacen su aura.

En la misma sala principal toda una serie de grandes cuadros verticales que reproducen en pintura collages antes realizados por el artista forman una gran línea icónica que plantea otro juego perverso de lectura imposible. Cada uno de estos cuadros, aunque con vida autónoma, aparece aquí formando un gran tablero que de nuevo nos hace remontarnos a las construcciones de los antiguos retablos religiosos, en los que tampoco existía una verdadera linealidad en la narración, sino una intención reiterativa hacia un mismo fin. En este caso el fin es la propia pintura y el universo inmensurable de imágenes con las que convivimos, que el autor rescata y ofrece parcialmente a través de collages que nos dan una lectura desde un ángulo inesperado o imposible.

Una pequeña habitación en un lateral de la gran sala ofrece un gran collage que recorre todo el espacio basándose en la idea del horror al vacío, y al mismo tiempo recordando cómo durante todo el siglo han sido consumidas popularmente las imágenes que los medios fotomecánicos han ido ofreciendo. Imágenes para cortar, pegar y servir. Imágenes a nuestra disposición, millones y millones de imágenes que en este caso son rescatadas para producir una sola, un gran tapiz en el que todo está interrelacionado pero al mismo tiempo todo es independiente.

La pequeña sala collage supone la antesala a la reproducción del estudio del artista, un espacio donde vemos un solo motivo, el payaso, que es investigado por el pintor como si de un gran laboratorio se tratase. Aquí se puede sentir como cada cuadro es generado, se ven las tripas de toda la maniobra creativa del pintor y se aprecia el esfuerzo que supone cada una de las aventuras pictóricas en las que se embarca.

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